Cualquier persona que haya presenciado el proceso de desarrollo de un niño
no puede sino maravillarse. A pesar de que todo ese proceso se puede documentar
y explicar científicamente, sólo cabe el asombro cuando en muy pocos meses un
ser que al inicio es dependiente y hasta incompleto, se va transformando en una
persona, capaz de comunicarse, moverse y operar sobre su entorno.
Este proceso no ocurre mágicamente, como está claro. Existen múltiples
mecanismos que facilitan y hacen posible el despliegue de capacidades que yacen
dormidas en el cerebro del recién nacido. Estos mecanismos se van activando con
el tiempo y actúan como puertas a estadios más avanzados del desarrollo. Así,
al principio, el bebé es capaz de succionar, lo que le permite, a la vez,
alimentarse y protegerse con la leche materna; después es capaz de sostener la
cabeza, lo que le brinda la capacidad de echar un vistazo más claro al mundo
que lo circunda; después empieza a balbucear, lo que es un ensayo para el
desarrollo del lenguaje… Así, el nuevo ser da muchos pequeños pasos que a la
postre lo llevan muy lejos: descubrirse las manos, reconocer la voz de su
madre, expresarse a través del llanto, sonreír.
En este abanico de mecanismos y procesos, el gateo cumple un papel
fundamental, porque al gatear, el niño trasciende el encierro de su propio
cuerpo y descubre un mundo más amplio que él mismo.
Gatear implica uno de los primeros pasos hacia la autonomía que da el ser
un ser humano; al gatear se empieza a
romper el cerco de la dependencia y el niño empieza a experimentar la
posibilidad de elegir por él mismo. Es un ensayo sumamente precario, claro
está, que exige supervisión y apoyo de los cuidadores, pero estas primeras
acciones marcan la diferencia entre la autodeterminación y la dependencia.
Muchas veces, cuando se realizan entrevistas con padres y madres de
familia, al recoger la historia longitudinal se escucha: “él no gateó, yo no lo
dejaba, me daba mucho miedo: que se golpeara, se ensuciara, se enfermara”. Este
tipo de relatos, casualmente, coinciden con niños inseguros y dependientes,
porque esta conducta excesiva de protección tiende a repetirse a lo largo de la
historia de crianza.
El niño que gatea, en cambio, enseña también al padre de familia que,
efectivamente, tiene que ensuciarse, golpearse y enfermarse para crecer. Este
aprendizaje, doloroso para ambos, encamina al nuevo ser y a los adultos que lo
acompañan en la ruta del desarrollo de la autonomía, es decir, en a la
comprensión de que esa nueva persona debe lograr valerse por sí misma para ser
feliz y útil a la sociedad, y que ese valerse por sí misma conlleva riesgos con
los que es necesario aprender a vivir.
Por eso, así como al gatear se empieza a descubrir el mundo y a decidir
sobre las posibilidades que este ofrece, al observar al bebé que gatea el
adulto descubre, de pronto, que no ejerce posesión sobre él, sino solo
protección y que protegerlo exige también, permitirle que adquiera las
herramientas para desenvolverse exitosamente en un mundo plagado de riesgos y
de opciones.

No hay comentarios:
Publicar un comentario